Perfección y autoexigencia

Pensaba hoy en la búsqueda de la perfección y la autoexigencia, y en como esas actitudes esconden, tras una apariencia de eficacia y calidad, una permanente insatisfacción derivada de la falta de aceptación de uno mismo.

La exigencia, la constancia, el esfuerzo y el afán de superación, son necesarios para progresar, plantear retos y alcanzar nuevas metas, siempre que se desarrollen en el marco del conocimiento y la auto aceptación.

Porque la búsqueda de la perfección responde a la necesidad de obtener del exterior un reconocimiento positivo de la propia personalidad, que no puede obtenerse interiormente. 
Y ese sentimiento de imperfección interna, trata de corregirse mediante la identificación de lo que se es con lo que se hace.

Se desarrolla una gran autoexigencia que actúa de forma implacable, insaciable y continua, sobre cada una de las acciones que se emprenden y de los resultados que se obtienen, lo que conduce necesariamente a generar una sensación de frustración y vacío permanente, al residenciarse la valoración personal en factores externos imposibles de controlar totalmente.

Ningún resultado es considerado suficiente, no se logra satisfacer las expectativas, se focaliza el error, y se minimiza el éxito, se atenúa lo conseguido en aras de la obtención de lo que queda por alcanzar, se convierten los errores en fracasos personales, y se sustituye un sano hábito de superación por el mecanismo de la auto descalificación.

De ahí que sea necesario tomar conciencia de las sensaciones interiores que se producen ante la idea de emprender cualquier actividad, aceptando las propias fortalezas y debilidades, estableciendo límites razonables a la mejora, perdiendo el miedo a equivocarse, y  entendiendo el error no como un fracaso sino como fuente de aprendizaje

Porque no hay nada más absurdo e irracional que vincular el valor personal a la obtención de la perfección, sobretodo teniendo en cuenta que el concepto de lo que en cada caso es perfecto es subjetivo, y no generalizable.

Feliz día.

Los cambios

Pensaba hoy en como la asociación de las palabras cambio y crisis le confiere a esta última un sentido peyorativo.


Porque la palabra crisis significa etimológicamente, una situación que requiere la toma de decisiones para producir cambios o para adaptarse a ellos, y es la concepción que se tenga de estos, la que permitirá ver las situaciones de crisis como un problema o como una oportunidad.

Ante situaciones de cambio se experimentan estados de desorganización, incertidumbre, miedo e inquietud, que son la lógica consecuencia de la modificación de las circunstancias que ya se han convertido en rutina, y que no requieren de ningún esfuerzo de adaptación.

Si además la situación de cambio supone enfrentarse a injusticias o se realizan anticipaciones negativas de resultados, se generan emociones negativas que pueden desembocar en bloqueos, o en conductas de evitación o de falta de afrontamiento.

Por eso es realmente importante entender que los cambios son algo esencial y necesario, que permiten explorarse y explotarse a una mismo, que facilitan el aprendizaje, que temerlos es contraproducente, y que evitarlos es imposible.

Y sobretodo darles el sentido que permite dimensionarlos y que reside en su sutil vinculación con el ejercicio de la libertad personal.

Libertad para decidir cambiar o no, o libertad para decidir como afrontar un cambio impuesto por los acontecimientos.

Porque tanto es un ejercicio de libertad y de responsabilidad decidir si cambiar las circunstancias o mantenerse en ellas, como reaccionar frente a un cambio con resistencia, con victimización pasiva, o con una adaptación positiva.

Y es que no es lo mismo sentir miedo que estar en peligro, no confiar en los recursos que no disponer de ellos, ni que no exista la solución perfecta implica que no puedan hallarse soluciones aceptables.

Por ello ante una situación de incomodidad que requiera valorar la realización de cambios, o ante la modificación de una situación de forma independiente de nuestra voluntad, puede recurrirse a aquellas habilidades y fortalezas conocidas, pueden reconocerse otras nuevas, puede depositarse la atención en la posibilidad de aprendizaje, en la aceptación del margen de error, e incluso llegar a descubrirse la fortuna de no haber conseguido lo que se deseaba.

De manera que cuando el viento cambia de dirección, puede optarse por intentar mantener el viejo rumbo, agotando inútilmente la energía con la consiguiente frustración, o por ajustar las velas dirigiéndose a descubrir las posibilidades del nuevo destino. La diferencia la marca simplemente, la actitud, y la decisión es únicamente personal.

Feliz día.

El acoso moral


Pensaba hoy en como el acoso moral supone un abuso de poder que pone en realidad de manifiesto, la incapacidad para ejercerlo de los que lo detentan.

Porque acosar moralmente implica el uso excesivo, impropio, injusto e indebido del poder para mandar o dirigir.

Es un tipo de maltrato que se materializa, tanto en el ámbito personal como en el laboral, en comportamientos intencionados, sutiles y encubiertos, que en este último caso, están ejecutados desde una posición dominante, que permite tomar ciertas decisiones, y que van dirigidos, no a obtener la máxima eficacia en las tareas encomendadas, sino a desvalorizar, destruir la autoestima, y reducir la confianza personal de los subordinados.

En cualquier supuesto, los gritos, las difamaciones, las modificaciones de atribuciones o responsabilidades laborales, las tergiversaciones, y en definitiva la imposición continua y progresiva de la voluntad del acosador, tienen consecuencias en toda persona mentalmente sana.

La persona objeto de acoso experimenta múltiples sensaciones físicas y psicológicas, que motivan desde una actitud defensiva, que provoca nuevas agresiones y justifica las difamaciones, hasta la autoanulación, como única decisión ante una situación a la que no se encuentra salida.

Pero el peor aspecto del acoso moral reside en conseguir que la víctima asuma la culpabilidad de la situación, factor esencial si se considera el hecho de que el agresor no pretende destruirla, sino someterla, controlarla y anular su capacidad de defensa, de rebeldía, para compensar su necesidad narcisista de poder.

Por ello es esencial salir del círculo del abuso, negando toda justificación del maltrato, y reconociendo que se es objeto de los actos de una estructura mental enferma y agresora, precisamente por poseer las cualidades necesarias para motivar su deseo de dominación, su envidia, e incluso ser considerado un rival.

Hay que aprender a ver a las personas en su real dimensión, y entender que el abuso de poder es un medio para que el abusador se sienta mejor consigo mismo, que es una actitud independiente de la víctima, y de la que es mejor huir que enfrentarse para tratar de cambiar la situación.

Hay que identificar esas conductas intimidatorias, y generar fórmulas opuestas, que reafirmen la propia importancia, tomar distancia emocional del agresor y alejarlo paulatinamente.

Y hay que ser consciente de que el abuso de poder es un uso ilegítimo del mismo, es la principal fuente de maldad moral, porque colocarse a uno mismo en una posición en la que el beneficio o reconocimiento propio dependan del dañar, pisar, o explotar a otros, es la mayor muestra de corrupción ética. 

Porque el ejercicio del poder, para que no se torne abuso ni se ejerza con arbitrariedad, debe tomar en consideración siempre el punto de vista de aquellos sobre los que se ejerce.

Y porque tener poder no es imponer, sino saber ejercer la responsabilidad de actuar con justicia y ponderando las circunstancias para tomar las decisiones adecuadas, que siempre son aquellas que no vulneran derechos ni requieren de veladas amenazas para su ejecución.

Feliz día.

La disciplina

Pensaba hoy en la necesidad de la disciplina interna y externa, y  en la desvalorización de su finalidad.

Por una parte cualquier sistema social requiere una organización consensuada y de carácter general, que permita una convivencia pacífica.

La disciplina implica el cumplimiento de las normas de actuación consideradas socialmente como correctas, contribuyendo al mantenimiento de la confianza generada en el otro, por el hecho de formar parte del mismo sistema social.

Por otra parte es innegable la vinculación entre la disciplina interna y personal, y el entendimiento de la necesidad de una disciplina relacional, ya que difícilmente puede respetar las reglas y detentar un comportamiento correcto en sus relaciones quien no tiene disciplina interna.

Porque ésta es la capacidad para mantener la coherencia necesaria, y cumplir con las propias normas de actuación basadas en los valores personales.

Tener disciplina es ejercitar la voluntad, tener deberes, obligaciones y límites, y supone no buscar justificaciones a la laxitud, ni excusas para el incumplimiento, pero también es disfrutar de una convivencia basada en el respeto, la confianza, la seguridad en una resolución de conflictos consensuada, y el bien común.

Es poder establecer relaciones duraderas y ser miembro de cualquier grupo, es ser considerado y respetado por los demás.

Y es que quien hace siempre lo que quiere, no siempre hace lo que debe, y en muchos casos, lesiona a los demás... y a si mismo.

Feliz día.

La vida sigue


Pensaba hoy en que en general, son las relaciones de pareja y no sus integrantes, las que resultan buenas o malas, las que funcionan o no.

El miedo a la ruptura, a ser abandonado, es una condición humana, y esa sensación de desamparo y vulnerabilidad produce tanto pánico y ansiedad, que se realizará cualquier conducta para no sentirla, con independencia de que se pierda, por el camino, la dignidad, y de que además todo lo realizado consiga, a lo sumo, postergar el temido resultado.

Y todo se reduce a una simple cuestión de error en la percepción del amor, de la vida, de los efectos que el miedo provoca, y sobretodo,  de uno mismo.

Porque el amor existe más allá de que se tenga o no una relación afectiva, existe siempre que alguien ame, es un sentimiento interno y no externo, reside en el interior de cada persona. Y su dimensión, forma de exteriorización, intensidad, faceta romántica etc., dependen de cada uno, y no del destinatario, o del tipo de relación que se establezca.

Porque la vida no es un momento ni una etapa, sino una sucesión de estas, donde cada una tiene una finalidad y un sentido dentro de la visión vital global. Finalizada una relación, simplemente finaliza una etapa más, tan importante, y a la vez tan irrelevante, como las demás. Sólo una etapa más.

Porque el miedo no es más que una sensación muchas veces irracional, sin fundamento, surgida de pensamientos o creencias erróneas y que puede vencerse. Es un elemento que distorsiona la relación al residenciar toda la energía en su conservación, con independencia de que resulte o no gratificante, enriquecedor o dañino, mantenerse en la misma.

Y sobretodo porque la percepción de uno mismo como un ser con poca valía, dependiente, e incapaz de desenvolverse sin la ayuda del otro, genera el temor a la soledad, al abandono, y la permanencia en relaciones estériles, más por miedo que por amor.

Por eso es necesario entender que la ruptura no tiene nada que ver con la propia valía, ni constituye abandono porque nadie es abandonado cuando se tiene a si mismo.

Es necesario reconocer que la seguridad, el afecto, el apoyo, la protección o la compañía que se espera recibir de la pareja, es algo de lo que ya se dispone.

Es necesario no olvidar las propias capacidades y practicar la autonomía, como base de la autoconfianza, de manera que si llega el momento en que la pareja se disuelve, en que la etapa finaliza, pueda asumirse la ruptura y seguirse el día a día sin ese complemento, sin el dramatismo derivado de haber permitido o residenciado en el otro la responsabilidad de la propia vida, de manera que en su ausencia se sufra la desorientación, el abandono.

Sólo de esa manera puede mantenerse una relación sana, basada en el enriquecimiento y no en el temor a la soledad o la dependencia. Una relación acorde con los propios principios, no condicionada a requerimientos ajenos, y satisfactoria.

Sólo desde el respeto a uno mismo, desde la libertad y lejos del miedo, puede decidirse iniciar o no una andadura, continuarla e incluso finalizarla.

Porque la libertad es la base del amor.

Feliz día.

El idealismo


Pensaba hoy en lo importante que resulta mantener el idealismo considerando el mundo, el amor, el trabajo, la vida..., de acuerdo con unos ideales o modelos de perfección personales, y huir de la conformidad.

Y si bien es cierto que tener ideales supone un mayor desgaste, en la medida en que implica su confrontación con la realidad, y el planteamiento de posibilidades y diferencias más acordes con uno mismo, también lo es que dota de sentido a los hechos, les confiere una finalidad, les otorga consistencia al vincularlos, más allá de su individualidad, a ese ideal globalizador más profundo y trascendente.

Porque no se trata de ser incapaces de disfrutar la realidad, sino de aceptarla y, si no es como se desea, si no se corresponde con los ideales, actuar para cambiarla sin conformarse, entendiendo que aceptar no quiere decir estar de acuerdo.

Es precisamente la aceptación de la realidad lo que permite apreciar lo que se desea y lo que no, lo que satisface y lo que no, lo que se adecua a los ideales y lo que difiere de ellos.

Y sobre la base de la aceptación surge la alternativa entre la lucha y la conformidad, la inactividad y la renuncia apoyadas en la creencia de que es imposible realizar un cambio.

Por eso es importante tener siempre una actitud inconforme ante la vida, no olvidar la pasión, ni permanecer en una zona de confort y seguridad, que conduzca al estancamiento.

Es imprescindible mantenerse fiel a los ideales que marcan el rumbo de la vida, sin desesperanzarse, comprometiéndose con ellos a pesar de las dificultades o de la incomodidad.

Y es que renunciar a los ideales es renunciar a aspirar a algo mejor, al horizonte. Es dejar que el miedo disfrazado de conformismo y prudencia robe los sueños.

Feliz día.

Atando cabos


Pensaba hoy en aquellas situaciones en las que las personas, a pesar de tener la capacidad suficiente para tomar decisiones, se quedan estancadas en un punto.

En estos momentos de bloqueo, en los que se duda de qué dirección tomar, la respuesta está siempre clara en el interior de cada uno.

Es necesario tomar distancia respecto a la situación para poder alejarse de las presiones u opiniones ajenas, conectar con uno mismo, con los propios valores y objetivos, para que lo que realmente se quiere salga al exterior, y poder establecer un plan de actuación que permita su consecución.

Se trata de ser consciente de donde se está y de adonde se quiere llegar, aunque ello suponga salir de la zona de confort, romper con hábitos, y enfrentarse a los temores.

Porque el miedo sabotea la mente, impide mantener la claridad, y debilita la valoración personal.

Escuchar a la intuición, reintentar lo que se desea sabiendo que el  fracaso es la antesala para el triunfo, confiar en los propios recursos, y tomar conciencia de que hoy es el futuro de ayer y el pasado de mañana, facilita el cerrar los ojos y ver hacia el interior para encontrar el camino.

Porque si no se sabe a donde se va, puede acabarse donde no se quiere.

Feliz día.

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