La lealtad



Pensaba hoy en la lealtad, su importancia como valor personal, y lo esencial de su concurrencia en la construcción de cualquier vínculo duradero.

La lealtad implica cumplir los compromisos tácitos o expresos inherentes a una relación aunque las circunstancias se tornen adversas, supone cumplir las promesas y mantener las reglas del juego que se ha decidido libremente asumir.

Por ello por una parte se basa en la transparencia, la sinceridad, la responsabilidad, y el respeto. Y por otra, fundamenta a la confianza.

Y es precisamente el elemento de la traición el que caracteriza a la deslealtad, porque está incluye la infidelidad afectiva, pero además falta al respeto del otro más allá de como pareja.

Cuando existen mentiras, ocultamiento... es decir, un hacer creer al otro una situación que no coincide con la realidad, negando o aludiendo a una pretendida privacidad, cuando se pretende que la mano derecha no sepa lo que hace la izquierda, existe traición y deslealtad. 

Y eso va más allá de la infidelidad que sólo vulnera el vínculo afectivo, faltando al respeto del otro.

Por eso una traición no solo duele, sino que ofende y agravia, siendo en todo caso un camino que se recorre acompañado, ya que el que comete la ofensa, no solo traiciona a otro, sino que antetodo se desmerece a si mismo, porque el desleal lo es en todos los ámbitos de su vida.

De ahí que resulte esencial tomar conciencia de mantener aquellos vínculos basados en la honestidad y que permitan el autorespeto.


Feliz día

Por qué pedir perdón?


Pensaba hoy en la reacción que tiene que producirse tras la producción de un daño, un dolor o una ofensa.

En este sentido conviene distinguir entre la disculpa y el perdón. 

En la primera el daño es producido de forma involuntaria, automática o por distracción, existiendo un derecho del autor a ser disculpado, a que se reconozca esa falta de intencionalidad sobre el resultado.

Por el contrario cuando la acción que produce el daño es voluntaria, el derecho es del lesionado a ser resarcido, a ser reparado, procediendo pedir perdón, con independencia de que este se conceda o no.

La petición de perdón permite al ofendido cancelar la deuda moral contraída con la ofensa, renunciar a la idea de venganza, a los sentimientos negativos hacia el ofensor, y limita la afectación de las relación entre ambos, abriendo la posibilidad de la reconciliación si así se desea, y del olvido, con el paso del tiempo.

De ahí la importancia de realizar el acto de petición del perdón del agraviado como medio de manifestar la voluntad de que la relación quede, en la medida de lo posible, como antes.

Y de ahí también que dicha petición tenga que reiterarse las veces que resulte necesario, ya que la concesión del perdón no elimina el dolor sufrido, y ante la reaparición de los sentimientos dolorosos procede la nueva manifestación del arrepentimiento.

Por otra parte no pedir perdón supone añadir un nuevo agravio al dolor causado, en la medida en que se antepone el orgullo, la vanidad o la indiferencia a la supervivencia de la relación y al bienestar del otro.

Pero la petición no puede ser un simple ritual, ni producirse de cualquier forma.

Lo primero porque una verdadera petición de perdón debe implicar arrepentimiento, voluntad de no reincidir en la acción o actitud lesiva.

Hay que realizar un análisis de los hechos y de sus efectos, empatizar con el sufrimiento o malestar que se ha causado, y existir un propósito de no reincidir estableciendo para ello las medidas adecuadas para el restablecimiento de la confianza.

Y lo segundo porque si bien existen múltiples formas de exteriorizar esa voluntad de ser perdonado, la apropiada será aquella que en cada caso resulte eficaz para la persona ofendida y no la que resulte más cómoda o menos gravosa para el ofensor.

Y es que pedir perdón no es humillarse y ni siquiera supone en todo caso el reconocimiento de un error, sino que significa que se valora antetodo, mantener la relación.

Feliz día.


Los sueños no pueden robarse


Pensaba hoy en esas relaciones sentimentales que al hallarse estrechamente vinculadas, al menos para una de las partes, a la realización de un sueño, presentan para ésta una ruptura especialmente dolorosa.

No se trata del típico proceso de enamoramiento, en el que ambas partes sienten una absoluta complacencia eufórica derivada de la perfección del otro, hasta que pasado un tiempo surge la lógica desidealización consecuencia de la “mágica” aparición de los defectos propios de todo ser humano.

Sino que en estos casos interviene por una parte la seducción, como forma de crear un auténtico cuento de hadas, y por otra, la predisposición a creerlo.

Una seducción que va más allá de la simple conquista, de la amabilidad y multiplicidad de detalles propios de la misma, y que se materializa tanto en actos encaminados a escuchar, detectar las creencias, los anhelos, las expectativas, y el ideal de relación de la persona elegida, como en la adopción de los comportamientos necesarios para el inicio de esa relación, creando una fuerte e íntima conexión emocional entre la persona que seduce y ese ideal soñado que el seductor representa.

De esta forma el sueño cobra vida a través de la aparición de su actor necesario, y cuando este desaparece de la escena se desencadenan una desolación desmesurada y un vacío traumático derivados, no de la simple ruptura de la relación sino de la violación del alma, de la creencia de que con el abandono se produce también el robo del propio sueño.

En estos casos permanecer anclado en el victimismo resulta tan irresponsable como ilógico.

Irresponsable porque se residencia en un tercero el cumplimiento de los propios sueños, olvidando que la realización de estos es cuestión personal e intransferible, y que es obligación propia el intentalo las veces que sea necesario con valentía, insistencia y asunción de errores, ya que es así como puede lograrse el éxito.

E ilógico porque el proyecto soñado no hubiera terminado, y menos con un abandono, de manera que la marcha del otro es claro indicativo de que se produjo un engaño o una confusión en la elección del protagonista.

En consecuencia, si el sueño permanece mientras no se renuncie personalmente a él, y lo perdido no tiene vinculación con lo deseado, siendo a lo sumo un espejismo que, como tal, no responde realmente a las expectativas, resulta que la ruptura es, precisamente, el elemento necesario para la realización del sueño.

Un sueño que, como todos, no puede robarse.

Feliz día

Crónica anunciada


Pensaba hoy en lo importante que resulta, cuando el camino se desvía, reconducir la vista hacia donde se quiere ir, en lugar de continuar mirando en la dirección equivocada.

Y para ello es imprescindible identificar las ilusiones, la vida que se desea tener, para poder concretar la trayectoria a seguir.

Es necesario elegir voluntariamente el propio destino sin asumir el que otro indique ni responder a expectativas ajenas, sin renunciar a los sueños, determinado las metas a alcanzar, y realizando las acciones necesarias para ello.

Hay que ser consciente de los recursos de los que se dispone y confiar en los mismos, tomando decisiones, afrontando los cambios, enfrentando ese miedo limitante que disminuye la valoración personal y obstaculiza la consecución de los objetivos.

Hay que detenerse periódicamente a analizar si se permanece en la línea marcada o se ha perdido el rumbo, para corregir, retomar, desandar si es necesario, y volver a poner en lo deseado toda la atención, toda la energía, sin dispersiones, sin distracciones que minen y conduzcan a la desmotivación, al vacío interior, y a la falta de sentido vital.

Hay que ser flexible para ajustar los pasos a la evolución personal, aceptando aquellas circunstancias sobre las que no se tiene control, y modificando aquellas otras que, inicialmente, se preveían inalterables.

Y hay que poner pasión e ilusión en el recorrido, focalizarse, porque no saber dónde se quiere ir puede suponer acabar en cualquier parte, y porque conocer el camino que desea recorrerse es la única forma de reconocer el desvío de la ruta trazada.

Feliz día.

Focalízate


Pensaba hoy en lo importante que resulta, cuando el camino se desvía, reconducir la vista hacia donde se quiere ir, en lugar de continuar mirando en la dirección equivocada.

Y para ello es imprescindible identificar las ilusiones, la vida que se desea tener, para poder concretar la trayectoria a seguir.

Es necesario elegir voluntariamente el propio destino sin asumir el que otro indique ni responder a expectativas ajenas, sin renunciar a los sueños, determinado las metas a alcanzar, y realizando las acciones necesarias para ello.

Hay que ser consciente de los recursos de los que se dispone y confiar en los mismos, tomando decisiones, afrontando los cambios, enfrentando ese miedo limitante que disminuye la valoración personal y obstaculiza la consecución de los objetivos.

Hay que detenerse periódicamente a analizar si se permanece en la línea marcada o se ha perdido el rumbo, para corregir, retomar, desandar si es necesario, y volver a poner en lo deseado toda la atención, toda la energía, sin dispersiones, sin distracciones que minen y conduzcan a la desmotivación, al vacío interior, y a la falta de sentido vital.

Hay que ser flexible para ajustar los pasos a la evolución personal, aceptando aquellas circunstancias sobre las que no se tiene control, y modificando aquellas otras que, inicialmente, se preveían inalterables.

Y hay que poner pasión e ilusión en el recorrido, focalizarse, porque no saber dónde se quiere ir puede suponer acabar en cualquier parte, y porque conocer el camino que desea recorrerse es la única forma de reconocer el desvío de la ruta trazada.

Feliz día.

Sociedad patológica


Pensaba hoy en la frase de Jiddu Krishnamurti: “No es saludable estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma”, y en como ésta, para perpetuarse y legitimarse, califica a toda inadaptación social como patología.

Y es que la designación de algunas conductas o actitudes como patológicas está directamente relacionada con cada sociedad, y con lo que ésta considera como “normalidad”.

De esta forma se considera psicológicamente sana a la persona socialmente adaptada, es decir, a la que esta integrada y satisfecha con lo que el sistema social considera “normal”, encaja con las normas legales establecidas, y comparte los valores sociales existentes. Lo contrario, la reivindicación de la disconformidad con dichos valores, supone la consiguiente y temida estigmatización.

Así ocurre en aquellos sistemas cuyo funcionamiento requiere personas que se consideren libres, independientes de toda autoridad moral, pero predispuestos para asimilar todos los valores y creencias necesarios para encajar, esclavos al fin, pero con cadenas invisibles y apariencia de libertad.

La ausencia de valores éticos acerca a la sociedad a la injusticia, a la violencia, a no respetar el medio ambiente, a focalizar la mirada en uno mismo, al egoísmo, al consumismo desmesurado e irracional, y convierte al ser humano en un ser enajenado de sí mismo y de los demás, un ser que ha perdido su identidad como especie para convertirse en un pieza más del engranaje del sistema, un sistema que, a su vez, ha dejado de ser social para ser únicamente económico.

Porque cuando el sistema social parte de la premisa de que el bienestar personal deriva, exclusiva y fundamentalmente, del sistema económico, se altera el sistema de valores, y acaban aplicándose a las relaciones personales las reglas que rigen el intercambio de mercancías.

En consecuencia se desvalorizan los sentimientos solidarios, humanitarios, el sacrificio, el perdón, la tolerancia, la empatía..., y se sustituyen la implicación y el compromiso por la “inversión” únicamente en aquellas relaciones en las que concurren por un lado la seguridad de resultado en forma de ganancia individual, y por otro un coste reducido, a efectos de perder lo menos posible en caso de resultado adverso.

Se trata al amor como un bien de consumo más, que debe producir una satisfacción instantánea sin demasiado esfuerzo, con seguro frente a pérdidas y sustitución rápida en caso de desgaste.

Por ello el coste de la adaptación a una sociedad cuyos valores están basados en la acumulación de bienes, la imágen exterior, y la visión transaccional de cualquier relación personal, es la deshumanización, la desintegración del amor, la soledad, la desubicación y el vacío.

Y resulta preferible optar por dudar del estado de salud de la sociedad contemporánea,  considerar necesario el cambio de la conciencia global y darle la vuelta a la escala de valores, devaluando el poder, el dinero, el “tener”, y ensalzando la generosidad, la bondad, el “ser”, poniendo de manifiesto la necesidad de recuperar la idea de trascendencia del ser humano, aún a riesgo de ser etiquetado como inadaptado.

Feliz día

La pareja psicópata

Pensaba hoy en las personas con personalidad psicopática y en lo importante que resulta identificarlas para evitarlas o, en su caso, alejarse de ellas.

La imagen asociada comúnmente al término psicópata, es la proporcionada por el cine y vinculada al asesinato en serie, y sin embargo, existe también el psicópata civilizado, integrado socialmente, si bien ambos coinciden en poseer una estructura cerebral diferente al resto de los seres humanos.

En el marco de las relaciones afectivas, el psicópata establece con su pareja un vínculo más allá de lo racional, absolutamente planeado, con una trayectoria perfectamente previsible, idéntica en su patrón de actuación, y sobretodo, independiente de cualquier tipo de aspecto relacionado con el amor.

Y esto es así por su esencia depredadora, carente de conciencia, lo que resulta incomprensible para las personas no psicópatas, a las que les cuesta entender que puedan existir personas que puedan actuar tomando como criterio únicamente su propio bienestar, más allá de lo que está bien o está mal, sin empatía, sin culpa y por ende sin remordimiento por el resultado dañino que puedan ocasionar.

Las parejas presentan unas características comunes que los convierten en víctimas potenciales: son personas extremadamente incautas, confiadas, generosas, cuidadoras, agradecidas, transparentes, bondadosas, con tendencia a culpabilizarse, vulnerables a las críticas, y al mismo tiempo fuertes, creativos, vitales, resilientes...

Detectada la presa se inicia el proceso consistente en deslumbrar, crear un enganche, y finalmente destruir mediante la mentira, la devaluación, y la manipulación.

Así en un primer momento el psicópata detecta los deseos, las inseguridades, las posibles fisuras emocionales del complementario, aparenta simpatía, comprensión e interpreta el papel del príncipe azul, de alma gemela. 

Para ello se muestran atentos, elocuentes, serviciales, desplegando tal encanto que el complementario creerá que por fin se han realizado sus sueños, y utilizando para ello cualquier tipo de estrategia conquistadora, incluido el sexo, que llegado el momento pasará de ser “deseado” a ser “suplicado” por parte de la víctima.

Cualquier herramienta es útil para llegar a cazar a la víctima, a anular su voluntad demostrando su superioridad e instrumentalizando al otro, al que parasitan, nutriéndose de sus bienes e incluso de sus emociones, ya que por ellos mismos no son capaces de sentir amor, amistad o cualquier otra clase de sentimiento positivo.

Realizado el anclaje, el psicópata despliega toda su esencia. 

Se inicia la fase de menosprecio sutil, desvalorización, indiferencia, frialdad, tono de voz alto, risa sarcástica, malos entendidos intencionados, actitudes promiscuas o intencionadamente sospechosas que crearan en la víctima ansiedad, inseguridad y una actitud desconfiada, que será utilizada asimismo para aumentar su descrédito y su crítica. 

Mentiras continuas, manipulaciones, exigencias, condiciones, imposiciones y chantajes basados en la dependencia creada y de la que el psicópata es perfectamente conocedor, completan su modo de actuar.

En este escenario, la víctima detecta que las muestras afectivas son artificiales y siempre solicitadas, se ve afectado en su autoestima, vive en un estado continuo de duda, de ambivalencia, donde se le niega lo que oye y ve, donde se le imputan distorsiones cognitivas, donde se le convierte en el foco del problema hasta dudar de su propia cordura.

La lucha de la víctima consigo misma conduce al agotamiento, al desgaste generado por el intento continuo de explicar lo inexplicable y entender lo incomprensible, a la ansiedad y al pánico generado al ser conocedor de la sensación de incapacidad de liberarse ante la intensidad del dolor que le provoca esta idea.

Esta relación finaliza normalmente cuando el psicópata encuentra una nueva víctima y se deshace, sin ningún tipo de miramiento, de la anterior, a la que evidentemente culpabilizará, ante su imposibilidad de asumir ni su tipo de conducta ni las consecuencias de esta.

En estos casos y pasado el período de abstinencia propio de la adicción generada por la relación, es posible recomponerse y comenzar de nuevo, sintiéndose afortunado ante tal abandono y tomando conciencia de la realidad de la personalidad de la hasta entonces pareja.

Porque mientras la víctima conseguirá renacer, el psicópata no es modificable, nunca conseguirá sentir emociones ni mantener verdaderas relaciones afectivas, y seguirá con una vida mediocre, plana y superficial, resultando además evidente para toda aquella persona que pueda identificarlos, y de la que únicamente obtendrá compasión.

Liberarse de una pareja psicópata puede resultar traumático, sobretodo al tener que reconocer que nunca hubo nada de nada por su parte, pero es el único camino hacia el reencuentro con uno mismo y con la paz interior.

Feliz día

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