La responsabilidad


Pensaba hoy en la estrecha relación que existe entre madurez y responsabilidad, y en como la segunda es consecuencia de la primera.

Responsabilidad es la capacidad existente en toda persona, para reconocer y aceptar las consecuencias de un hecho realizado libremente.

Y si bien es cierto que la libertad no puede concebirse en términos absolutos, y que tanto los hábitos como las creencias condicionan el comportamiento, también lo es que existe la opción de revisar la forma de actuar y reprogramarla en un proceso de crecimiento, de madurez personal, en una asunción de la responsabilidad sobre la propia vida.

Porque la persona adulta que permanece inmadura, considera que asumir responsabilidades coarta su libertad. 

Esa libertad de hacer o no con independencia de las consecuencias de sus actos, de las que culpabiliza al exterior, llegando si fuera necesario a la manipulación para mantener esa convicción. 

Y es que el crecimiento comienza donde la inculpación termina.

El ejercicio de la responsabilidad individual es en última instancia personal, está vinculada estrechamente al uso de la propia libertad, ya que depende de cada uno decidir las acciones u omisiones que se realizan y que configuran la propia vida, y en lógica consecuencia debe comportar la auto imputación del resultado de las mismas.

La responsabilidad muestra la fortaleza del carácter, y supone una decisión previa sobre los valores que van a determinar la forma de vida y por tanto de actuación.

Permite ser protagonista de la propia vida, considerando a los fracasos y a los errores motivos de aprendizaje y de crecimiento personal, cambiar actitudes, y construir puentes hacia la aceptación de uno mismo.

Y es que la belleza de la responsabilidad radica en que permite el ejercicio de la libertad desde la madurez, resultado de la valentía de trabajar constante y seriamente la personalidad.

Feliz día.

El secreto


Pensaba hoy en la importancia de creer en uno mismo, y en cómo éste hecho constituye la base sobre la que se construye la vida.

Sin embargo cuando ésta no responde a las propias expectativas, se buscan los motivos en el exterior, modificando las actuaciones para evitar las consecuencias de éstas, en lugar de mirar hacia dentro para variar las causas que las originan.

A modo de ejemplo sería como cambiarse constantemente de zapatos al encontrarse incómodo al andar, en lugar de mirar si existe algún problema en el pie.

La falta de confianza en uno mismo afecta a las emociones y es multidimensional, es decir, repercute en todas los aspectos de la vida, ya que al determinar la forma de actuar, destruye las oportunidades, impide el reconocimiento del potencial, socava las esperanzas, y termina con la ilusión.

Y esa falta de confianza, no es más que miedo (al fracaso, a lo desconocido...), enmascarada de preocupación, razonamiento interesado, etc..

Esta inseguridad es debida a las influencias familiares, a las propias experiencias consistentes en fracasos, y a las creencias limitantes sobre las posibilidades de que se dispone.

Sin embargo esto no es excusa, ya que el pasado es inmutable pero las creencias pueden cuestionarse, reinterpretarse e incluso crearse o elegirse nuevas desde un posicionamiento de responsabilidad hacia uno mismo.

Y resulta paradójico como es más cómodo instaurarse en la resignación, el conformismo, la queja, el victimismo, la frustración, la inactividad..., culpando al azar o a terceros de lo que acontece, en lugar de adoptar una posición activa.

Porque confiar en uno mismo es simplemente una cuestión de iniciativa personal, determinación y resiliencia.

Y es que no hay secreto, la respuesta al porqué la vida de cada uno es como es, se encuentra en el interior y todo lo que se requiere para creer en uno mismo y cambiarla reside también ahí, en descubrir que se dispone de todo lo que se necesita.

La confianza en uno mismo no puede perderse por las opiniones ajenas, ni puede tampoco obtenerse a través de la valoración que hagan los demás de uno mismo. 

Y es que si una persona no cree que pueda nadar, se ahogará al caer en el agua, por mucho que los de su alrededor le griten que puede conseguir salir y que mueva los brazos.

Por eso hay que focalizarse en las habilidades de que se dispone, centrar la energía en las fortalezas y capacidades, abandonar los pensamientos negativos sobre uno mismo, fijarse metas y no desfallecer en su consecución.

Hay que darse cuenta de que sólo existen aquellos límites que uno mentalmente se impone, hay que perder el miedo al cambio, y desapegarse de aquello conocido que no satisface.

Simplemente hay que adoptar la decisión de mirarse a uno mismo con otros ojos, con mentalidad ganadora, tomando el control con contundencia, y empezar con pequeños retos asumibles que permitan el avance.

Porque como dijo Henry Ford, "tanto si piensas que puedes, como si piensas que no puedes, estás en lo cierto”.

Feliz día.

El amor in-condicional


Pensaba hoy en la base neurológica del amor incondicional, considerado actualmente como una de las mayores expresiones de la espiritualidad.

Un grupo de científicos canadienses, encabezados por el profesor Mario Beauregard, del centro de investigación en neurofisiología y cognición de la Universidad de Montreal, han descubierto que esta emoción, experimentada como el deseo de cuidar a los demás sin excepción, sin ningún tipo de compensación y sin límites, emerge de una compleja interrelación entre siete áreas separadas del cerebro.

El amor incondicional es desinteresado, no conoce fronteras y no es crítico, no conoce requisitos ni exigencias, es independiente de los éxitos o fracasos del otro, sólo se da.

El amor condicional por contra, está sujeto al cumplimiento de condicionantes, conscientes o inconscientes.

Estos condicionantes derivan por una parte, del hecho de que cada persona tiene unas necesidades, preferencias, intereses, miedos, formación etc., fruto de su experiencia vital, y que deben encajar con las que tenga el otro miembro de la relación.

Y por otro, son consecuencia de que cada relación se basa en unas normas de funcionamiento, establecidas de mutuo acuerdo y fruto de un compromiso, como el respeto, la honestidad, la comprensión etc.

En cualquier relación trascendente, intervienen pues tres tipos de amor, el incondicional, el condicional, y sobretodo y de forma previa, el amor por uno mismo.

Y es que es necesario valorarse para valorar, quererse para querer, respetarse para respetar y aceptarse para aceptar, ya que nadie puede dar lo que no tiene.

Porque aceptar a otra persona como es, no implica sacrificar la autoestima, o la alienación derivada de la pérdida de la identidad.

Y porque el amor, a pesar de ser la mayor fuerza en el mundo, por sí sólo no es suficiente, necesita de las personas para materializarse.

Feliz día.

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