De potencia a acto

Pensaba hoy en la teoría aristotélica del cambio, según la cual lo que cambia pasa de la potencia de ser algo, al acto de serlo.


Todo cambio supone la actualización de un potencial, de manera que el acto sería lo que una cosa o persona es, y la potencia, lo que la misma cosa o persona podría llegar a ser.


Toda persona dispone de un potencial constituido por sus recursos, habilidades, capacidades, o aptitudes, originarias y adquiridas a lo largo de su existencia, que le permiten afrontar los retos necesarios.


Cierto que existen barreras sociales, que pueden dificultar la opción de apostar por la consecución del logro pretendido.


Cierto que la misma sociedad puede dirigir el desarrollo personal, hacia aquella aptitud que despunta, provocando la ignorancia de las demás, e incluso haciendo creer que sólo existe esa capacidad.


Cierto también que conseguir cierta estabilidad que garantice la subsistencia, es considerado como el objetivo vital, con independencia de que suponga desaprovechar recursos o abandonar sueños.


Pero también es cierto que no es lo mismo "un objetivo", que "el objetivo", y que el desarrollo del propio potencial se puede realizar a cualquier edad y en cualquier situación, siendo cuestión sólamente de decidir sacarse partido a uno mismo.


Y para ello es necesario querer, poder, y sobretodo creer.


Creer, porque cuando se cree en el propio potencial, en la capacidad para poder ser "de facto" aquello que se quiera, se sentirá el impulso de materializarlo, intentándose el éxito con la frecuencia que sea necesaria.


Porque un carpintero puede conseguir que un trozo de madera sea un banco, una mesa o una silla, simplemente trabajándolo de una u otra manera, ya que en el material residen todas esas posibilidades.


Y de la misma forma puede actuar una persona, sólo con creer en si misma, ya que esto le permitirá decidir que desea, y descubrir tanto aquellas habilidades de que dispone, y en las que no había reparado, como desarrollar las que necesite.


Porque no hay peor límite que el que la persona se impone a si misma.


Feliz día.


Gratis, por favor.




Pensaba hoy en que la atribución de valor a una cosa, persona o relación, está en muchos casos directamente relacionada con el esfuerzo que comporta conseguirla, y en la poca importancia que se confiere a lo que no cuesta dinero o sacrificio.

De ahí que se valore tan poco el hecho de estar vivo, sano o tener a disposición de forma gratuita a la familia, los amigos, la naturaleza, etc.

Es necesario confrontarse con la pérdida de los regalos de los que se disfruta, para darse cuenta de su importancia.

Quizás sea por la sobredimensión otorgada al esfuerzo, porque la mente se focalice más en el logro que en el origen del mismo, o porque la vida esté organizada en función de la fijación de objetivos personales y profesionales a conseguir con esfuerzo, pero en cualquier caso se obvia lo que representa el concepto "gratis", del que incluso se desconfía.

Pero no hay que confundir el precio (lo que cuesta), con el valor (lo que vale), y todo tiene un valor intrínseco, con independencia del precio de su tasación e incluso de que éste no sea reconocido.

Porque resulta paradójicamente erróneo confundir valor con precio, dando importancia a lo que mayor coste (personal o económico) tiene, restándosela a lo que resulta gratuito o regalado, a pesar de que ahí resida el verdadero valor.

Y es que no hay que vivir como si la vida no tuviera valor, porque lo que no tiene es sencillamente precio.

Feliz día.

Quitarse la máscara



 
 
Pensaba hoy en cómo se espera con alegría la llegada del carnaval para adquirir, una vez al año y durante unas horas, una falsa apariencia, y en lo difícil que resulta para algunas personas no poder quitarse la máscara nunca.

Porque un disfraz no es más que un artificio, que se usa para desfigurar algo con el fin de que no sea conocido, es una forma de ocultar el verdadero “yo”.

Y puede utilizarse de forma jocosa y puntual, o para crear una identidad vital, ya sea por falta de aceptación de uno mismo, o por la satisfacción de disfrutar de unas actitudes que se considera socialmente reprobables.

Sociológicamente se ha acuñado el concepto de sociedad de "pensamiento único", es decir, sociedad con unos patrones de normalidad en la forma de pensar, de comportarse y de relacionarse establecidos, y considerados buenos o correctos.

Este hecho supone una importante presión social, en cuanto genera unas expectativas de comportamiento, al acatamiento de las cuales se condiciona la aceptación por parte de la comunidad.

Sin embargo este hecho no debe impedir expresar los verdaderos gustos y forma de ser, reconocer los propios valores y arriesgarse a ser uno mismo, por lo menos en el marco de las relaciones más significativas.

Porque llevar una máscara puede otorgar una falsa sensación de protección, pero en realidad encubre el sufrimiento derivado de la falta de aceptación de uno mismo, pudiendo llegar a provocar con el paso del tiempo el olvido de la propia esencia

Y el sentimiento de vergüenza no es excusa para permanecer en el anonimato, por una parte por la agresión que eso implica para uno mismo, y por otra por la imposibilidad de entablar relaciones gratas y saludables.

Esto es así porque las relaciones sólidas, dependen del entendimiento y el afecto que las personas que intervienen en la construcción del vínculo tienen la una de la otra, lo que implica ser honestos, incluso si dice lo que se sabe que no se desea escuchar.

Pero sobretodo porque ninguna relación puede cimentarse en la mentira, la manipulación y la consiguiente falta de confianza.

Y porque en el mejor de los supuestos, no existirá una base de egoísmo y de falta de respeto al otro, al emplearse esa falsa personalidad para poder compaginar una doble vida o una doble moral, sino que simplemente existirá una falta de autoestima.

En todo caso conviene no olvidar que lo que está en juego es la libertad de ser auténticos, y la satisfacción derivada de vivir una vida real.

Porque disfrazarse constituye una auto agresión y una siembra en un terreno estéril, ya que pretender una aceptación social aportando aportando una mentira, es estar abocado al fracaso.

Feliz día.

La importancia de los detalles


Pensaba hoy en la importancia de los detalles en las relaciones, y en como estos se tienen en cuenta a nivel profesional para otorgar un valor añadido al servicio prestado, mientras que se relativizan o incluso obvian, en las relaciones personales.

Lo que resulta paradójicamente contradictorio, teniendo en cuenta que el ochenta por ciento de satisfacción vital, proviene de relaciones trascendentes, es decir, de aquellas que se cuidan.

Y cuidarlas no consiste en comprometerse en la realización de grandes hazañas si ello fuera necesario, sino en llevar a cabo conductas más comedidas, pero significativas e indicadoras de la importancia que se confiere a la relación.

Sobretodo porque esas pequeñas cosas, muchas veces invisibles, son tremendamente poderosas, permaneciendo para siempre en el recuerdo, al haber constituido un elemento esencial en la cimentación del vínculo.

Los detalles potencian y mantienen la ilusión, el respeto, la comunicación, la empatía, la confianza, la unión y la convivencia.

De ahí que cualquier tipo de relación personal donde se den interacciones frecuentes, basadas en el intercambio de gratificaciones valoradas, estará abocada a la armonía.

Pero para que la valoración sea posible y el detalle resulte efectivo, es necesario de una parte explicitar el tipo de comportamiento que se desea, y por otra ajustarse a los mismos, ya que de lo contrario, la conducta detallista resultará infructuosa y se sentirá frustración por ambas partes.

Y en todo caso, la generación del hábito de tener detalles, es un esfuerzo cuya recompensa, consistente en la conservación de una relación interpersonal valiosa y enriquecedora, merece la pena.

Porque los pequeños detalles marcan la gran diferencia.

Feliz día.

La toma de decisiones


Pensaba hoy en que la toma de decisiones es una de las cuestiones a las que se enfrentan diariamente todas las personas, a cualquier edad, y durante toda la vida.

Tomar una decisión complicada o difícil, es un proceso al que precede una sensación de malestar, de incomodidad ante la ambivalencia, motivado por el hecho de que decidir no deja de ser optar por un futuro eliminando otro futuro posible, con un “coste de oportunidad”, y sobre una base de incertidumbre.

Sin embargo esta angustia o temor, que puede justificar una posposición de la elección, no debería convertirse en una parálisis.

Porque una cosa es decidir de forma consciente el no actuar, el “no decidir”, lo que no deja de ser una decisión conveniente o estratégica, basada en la libertad y la responsabilidad con la propia vida, y otra muy distinta es “no decidir” como forma de huida, dejando en manos del azar, del tiempo, o del comportamiento del otro el desarrollo de los acontecimientos.

Ante cualquier situación, interna o externa, que genere la necesidad de decidir hay que tener el valor de iniciar el proceso, analizar, elaborar acciones alternativas de resolución, visualizar los resultados posibles, y extraer las consecuencias, para poder concluir la acción u omisión a realizar.

Ahora bien, en este proceso que parece responder únicamente a elementos lógicos y racionales, no puede obviarse la importancia determinante de la emoción.

Y es que ha sido demostrado neurológicamente que el lóbulo frontal del cerebro, traduce la información lógica en señales emotivas inconscientes, que preceden, facilitan y contribuyen a la toma de decisiones, y que se basan en el procesamiento principalmente del recuerdo de experiencias anteriores.

De esta manera las emociones guían la toma de decisiones simplificando el proceso.

Pero es que incluso se ha descubierto que las decisiones, son codificadas por el inconsciente 10 segundos antes de la toma consciente de la decisión, es decir, que detrás de una decisión consciente, existe un procesamiento cerebral inconsciente y previo, que anticipa la respuesta.

Y por esta misma razón, cuando se pretende obviar o limitar la parte emocional en una decisión, ésta puede llegar a adoptarse pero no a mantenerse, ante la aparición elementos distorsionantes que ponen en juego la fuerza de voluntad.

En cualquier caso, resulta mejor equivocarse en la construcción del propio futuro, de la propia vida, que dejar ese hecho en manos ajenas, ya que el único riesgo a asumir es el de errar, y un error o es reparable o es generador de una experiencia, de un aprendizaje, que resultará básico para la adopción de la siguiente decisión.

Feliz día.

Poligamia o infidelidad


Pensaba hoy en la diferencia esencial que existe entre la poligamia y la infidelidad, en cuanto en la primera hay un acuerdo que permite tener varias parejas, mientras que la infidelidad supone un acto de deslealtad, al romper un compromiso precisamente de lo contrario.

Un reciente estudio de varios antropólogos evolutivos concluye que la raíz del aumento de los divorcios, de los escarceos amorosos, de las aventuras etc., se encuentra en el hecho de que la especie humana no es 100% monógama, sino que manifiesta una tendencia a la poligamia fruto de sus registros históricos, hallándose enclavada en un contexto social que produce lo que se denomina “poligamia secuencial”.

En cualquier caso ampararse en una base evolutiva inicialmente poligámica, para justificar conductas reprobables socialmente, no deja de ser un acto de inmadurez, cobardía e irresponsabilidad.

Porque ser polígamo o monógamo, es una decisión personal igualmente respetable en ambos casos, pero que lógicamente y al darse en el marco de una relación afectiva, debe ser comunicada y consensuada con la otra parte.

Y por ello hay que ser consciente de la propia condición, y actuar con transparencia y sinceridad, sin temer al rechazo social, y generando una confianza derivada del mantenimiento de la coherencia entre el pensamiento y la acción.

Lo contrario supone simplemente actuar de forma inmoral, justificando esa actuación sobre cualquier base que permita una cobertura.

Porque una conducta inmoral no es más que un comportamiento, que sobrepasa los límites establecidos por un contexto cultural determinado, y que causa perjuicios a otra persona o grupo de personas.

Y hay que ser conscientes de esas conductas y modificar las actitudes, en lugar de entrar en un proceso de desvinculación moral, obviando los sentimientos de responsabilidad sobre los hechos, sosteniendo la falta de intención de lastimar, la influencia de la genética, de la evolución social o de las circunstancias.

Más que nada, porque eso supone utilizar el control del exterior sobre uno mismo, como mecanismo de legitimación, y para conseguir el cambio en el comportamiento,  es básico percibir que se ha actuado libremente.

Y es que aunque el uso de la libertad conlleve errar, suponga fracasar o implique divergencias de pareceres, es el bien más supremo del ser humano, y su ejercicio debe preservarse sin desconocer que existe también una libertad ajena, cuyo respeto implica el establecimiento de relaciones en un plano de igualdad, y sobretodo cuya otra cara de la moneda es la responsabilidad.

Feliz día.

El poder del silencio


Pensaba hoy en lo poderoso que resulta el silencio como herramienta para tomar distancia de los pensamientos.

Como herramienta para adquirir la conciencia, de que la verdadera esencia de la persona no reside en su mente, a pesar del esfuerzo que dedica el ego a fomentar esa identificación.

Y es que escuchar al silencio permite conectar con la quietud interna, más allá de la mente y las emociones.

Permite darse cuenta de que se está pensando, y por tanto diferenciar entre el ser pensante y los pensamientos que se están teniendo, y que se confunden con el propio yo.

Esto es un hecho absolutamente trascendente, porque el ser humano vive perdido en la realidad que construye su ego a través de los pensamientos.

Y es que el ego, en su tarea de dotar a la persona de una identidad, se nutre de pensamientos de queja y de lucha para imponerse a los demás.

Genera también pensamientos enjuiciatorios sobre los otros, etiquetándolos conforme a los propios patrones, creando identidades que aprisionan a ambas partes y condicionan las relaciones.

Y todo porque el ego necesita entender y controlar la realidad, otorgando a los propios pensamientos el poder de describirla de forma certera.

Por eso es importante conectar con la propia quietud, prestar atención al silencio para poder transcender el ego, y darse cuenta de que la persona no es su pensamiento.

Para darse cuenta de que se dispone de todo el poder sobre la propia existencia, en lugar de ser presa de unos pensamientos que aprisionan la forma de ver la realidad, otorgando además una simple visión sesgada de la misma, a la que se confiere un valor de universalidad falsa, condicionante y la mayoría de las veces insatisfactoria.

Conviene aferrarse al silencio para poder recuperar la libertad, y simplemente SER, saliendo de la cárcel de unos pensamientos, que vistos con perspectiva pierden su poder al ser relativizados.

Porque si el ser pensante precede al pensamiento, éste no puede condicionar su existencia.

Porque el silencio empodera.

Feliz día.

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