La valentía

Pensaba hoy en la valentía, y en los distintos ámbitos o formas en que se pone de manifiesto.

La valentía supone vencer los temores y las dudas, y actuar con firmeza y decisión, en la ejecución de una acción. 

Implica por tanto, temer aquellas cosas o situaciones que son temibles, y soportar y superar, lo que debe ser soportado y superado.

Así de una parte, la valentía no está ausente de miedo, y es precisamente el tomar en consideración los riesgos y ponderarlos, el ejercitar la prudencia, lo que la distingue de la temeridad.

Porque la temeridad no es más que un actuar imprudente, irresponsable, e innecesario.

Por otro lado, actuar a pesar del miedo, confiando en uno mismo, es lo que la distingue de la cobardía, caracterizada por la incapacidad para superar el temor.

Porque la valentía, está indisolublemente unida a la confianza en los propios recursos , y en la consecución del objetivo propuesto.

Y es valentía intentar sin temer al fracaso, considerándolo en su caso, como una oportunidad para el aprendizaje.

Y es valentía fijarse un objetivo claro, dando los pasos necesarios para conseguirlo, haciendo frente al desaliento.

Y es valentía defender y luchar por lo que se considera correcto, manteniendo la coherencia entre pensamiento y acción, y la coherencia interna.

Y es también valentía afrontar las consecuencias de los propios actos, reconocer los errores, y asumir las propias decisiones.

Porque la diferencia entre ser un cobarde, y ser un valiente, es simplemente la posibilidad de lograr algo. 

Feliz día.

El romanticismo

Pensaba hoy en el romanticismo, ese movimiento cultural y político de finales del siglo XVIII, basado en la exaltación de los sentimientos, del subjetivismo, frente al racionalismo de la ilustración.

El amor romántico a diferencia del amor platónico, que se centra en lo espiritual y está despojado totalmente de elementos carnales, consiste en una combinación de deseo sexual, y de un afecto al que se prioriza.

Se trata de un tipo de amor caracterizado por ser un sentimiento eterno, exclusivo, e incondicional.

Un amor que se idealiza, y que embarga plenamente en todas sus manifestaciones, gozosas o de sufrimiento, con independencia de que sea o no correspondido.

Un amor que implica intensidad, exaltación, búsqueda de profundidad, compromiso, dedicación, cuidado, y demostración del afecto.

Y si bien no es decisión personal sentir de esa forma el amor, sí lo es adoptar algunas de sus manifestaciones, es decir, realizar actos románticos.

Estos detalles, tal y como han corroborado numerosos estudios, permiten mantener durante años, el enamoramiento propio de los primeros meses de relación, sin caer en la convivencia monotona.

Y no obstante, en la sociedad actual, las actitudes propias del romanticismo, son rechazadas o consideradas ridículas, lo que dificulta su manifestación.

Esto es debido, al aumento de las relaciones fugaces; a la identificación entre los términos romántico y cursi; y a la creencia de que el amor romántico, es contrario a la independencia personal.

Porque en un marco de relaciones superficiales y carentes de compromiso,  el verdadero sentimiento no puede subsistir, ni puede tener lugar el romanticismo.

Porque no debe confundirse el romanticismo con la cursilería, esa pretensión vana de mostrar refinamiento expresivo, o sentimientos elevados, mediante manifestaciones ridículas y de mal gusto, cuyo objetivo es simplemente, provocar una reacción emotiva.

Y porque la forma de sentir intensamente el amor, no tiene porque comportar dependencia, sino que por el contrario, indica la toma en consideración del sentimiento humano más noble, así como del vínculo establecido con la pareja, y eso requiere madurez y valoración personal.

Porque el amor romántico supone, no sólo sentir amor, sino exprimirlo, vivirlo en toda su intensidad.

Feliz día.


La inocencia


Pensaba hoy en la inocencia, ese estado de candor y sencillez, esa alma limpia de culpa por falta de intencionalidad, ese actuar con pureza, con ausencia de malicia, ese comportamiento noble propio de la infancia, y consustancial, a su vez, a la madurez.

Y es que la palabra inocencia está erróneamente asociada a la etapa infantil, en cuanto se considera como un rasgo de personalidad, caracterizado por una idealización de las relaciones interpersonales, por un exceso de confianza en los valores humanos de justicia y bondad, por una incondicionalidad en la actuación, y por una incapacidad para detectar las malas intenciones ajenas, debido a la transparencia en la forma de percibir la vida.

Un rasgo que además, parece que es necesario perder para incorporarse plenamente a la sociedad, y conseguir la madurez personal.

Y es que la madurez se vincula al correcto desenvolvimiento social, conseguido sobre la base de que las experiencias vitales, permiten incorporar los recursos emocionales, y las aptitudes de lucha y de defensa necesarias, para afrontar las relaciones y situaciones que se presentan en la vida diaria.

De ahí que se postule que madurar implica superar esa inocencia, al ponerse de manifiesto que mantenerse inocente, es un requisito para ser objeto de engaño, de manipulación, de instrumentalización, o de mezquindad.

Porque en un sistema social basado en el ensalzamiento de la razón frente al corazón, madurar está asociado a la frialdad, al cálculo, al endurecimiento, a la protección, a la seguridad, o la competitividad; teniendo por el contrario connotaciones negativas, las actitudes basadas en la priorización o intervención de las emociones, por considerarse indicativas de fragilidad.

Se asocia así experiencia a madurez personal y a superación de la inocencia infantil, cuando en realidad, la madurez está estrechamente relacionada con la evolución interior, y con la conservación, o en su caso la recuperación, de la inocencia.

Y es que si bien es cierto que no se puede perder la noción de la realidad, y que en las interacciones humanas existen personas poco honestas, de doble faz o con dinámicas poco transparentes con las que es necesario saber interactuar, también lo es que existen múltiples formas de enfrentarse a esas relaciones, y que la elección determinará la forma de ser y por ende, de vivir.

Porque es cuestión de elección la forma de mirar lo que se ve, es cuestión de elección focalizar la atención en el orgullo, el recelo, el odio, el rencor, la desconfianza, o por el contrario en el perdón, la humildad, la generosidad, la ilusión, la empatía, o la fe en los demás.

Porque madurez social y personal pueden o no coincidir, pero no deben confundirse.

Y porque aprender y recordar, no son óbice para entender que el mundo está hecho de balances, y que la serenidad se haya dirigiendo la vida desde la inocencia, desde el corazón, desde la verdadera madurez personal.

Feliz día.

La intuición





Pensaba hoy en la intuición, ese sistema lógico inconsciente, que resulta absolutamente fiable en la toma de decisiones, incluso aunque resulte contradicho por la razón.

La intuición, del latín intueri, “mirar hacia dentro” o “contemplar”, es un concepto alusivo al conocimiento, directo e inmediato, sin intervención de la deducción o del razonamiento.

Y es que en el proceso de conocimiento intervienen tres cerebros.

El sistema límbico o emocional; el reptiliano o instintivo; y el neocórtex, responsable de las funciones superiores, y compuesto de un hemisferio derecho, que transmite información visual e intuitiva, comunicado con un hemisferio izquierdo, que transmite la información racional y verbal.

La información intuitiva de que dispone el cerebro, es fruto del aprendizaje extraido de las vivencias.

Estos datos son procesados de forma inconsciente y automática, hasta llegar a una conclusión, que se revelará ante la presencia de situaciones dudosas, que se perciban como amenazantes, o que requieran la adopción de decisiones.

Y en muchos casos además, la intuición de manifestará de forma somática, es decir, mediante sensaciones corporales de agrado o desagrado, de aceptación o de rechazo.

De ahí que la intuición opere como un mecanismo subconsciente de decantación de alternativas, donde son esenciales las experiencias anteriores, y las emociones con ellas vinculadas, y donde resulta fundamental la noción de protección.

No obstante, en muchos casos, la independencia del proceso de razonamiento, la falta de posibilidad de contraste, e incluso la contradicción con los hechos, comporta su negación.

Cuando lo que resulta más coherente, es prestar atención a unas intuiciones que no carecen de base.

Y es que una de las utilidades de los sucesos vitales, es la de proporcionar una información al inconsciente, al que simplemente hay que darle tiempo para que trabaje y proporcione, en su momento, mediante la intuición, la orientación adecuada.

Feliz día.

La medida del amor



Pensaba hoy en las personas que aman demasiado, y en la forma en que establecen y desarrollan los vínculos afectivos.

En estos casos, la autoestima y la identidad se basan en la entrega a los demás, cuyas necesidades se anteponen a las propias, eligiéndose parejas a las que se atribuye una carencia de afecto, y una necesidad de cambio, que se espera reparar en un caso, y aportar en el otro.

De esta forma se obtiene un auto reconocimiento, basado en el amor que se es capaz de otorgar, y en el cambio que se es capaz de conseguir.

Sería un “necesito quererte y cambiarte, para ser y quererme”.

De ahí que se sienta atracción por personas inmaduras, problemáticas, irresponsables, o emocionalmente distantes o inaccesibles, y que generen en cambio rechazo, las sólidas, independientes o confiables.

La clave de estos vínculos está en el hecho de que, el establecimiento de la relación llena el vacío interno, de manera que la relación en sí misma funciona como un calmante, como una droga.

Por eso la idea del abandono resulta tan terrorífica, al implicar la pérdida de la autoestima y de la identidad, y reflotar el dolor derivado de la incapacidad de afrontarse a uno mismo.

Así se vive un amor basado en el sufrimiento y en la asimetría.

Por una parte por la lucha constante por el cambio del otro, cambio que si se consigue, lleva a la elección de una nueva pareja a la que modificar y ayudar, y sino, al sentimiento de culpa por el fracaso, y a la insistencia en la actitud de lucha y esfuerzo para lograr ese cambio.

Y por otra parte, por la situación de desventaja que se produce al otorgar al otro todo el poder, ya que sólo a una parte le importa en realidad, mantener a toda costa la relación.

Frente a esta situación, hay que ser consciente de que cada persona es responsable de su propia vida, de sus actos, de sus elecciones vitales, y de cómo gestiona sus disfunciones afectivas, si existen.

Hay que partir de la premisa de que no debe sustituirse a las personas, en aquello que pueden hacer por ellas mismas, y que todas tienen derecho a equivocarse.

Hay que ser consciente de que la primera responsabilidad es la que se tiene con uno mismo, y que ésta no puede desatenderse bajo el pretexto de ocuparse de los demás.

Porque sólo sobre esa base se podrá dejar ser al otro, y podrá decidirse libremente si, respetando su forma de ser, pensar y actuar, se desea compartir un proyecto vital, o se prefiere abandonar, sin temor y sin frustración, la relación.

Y es que mientras no se afronten las lecciones vitales, estas seguirán repitiéndose con diferentes maestros, y aprender que amar no es necesitar, y que todo lo que se necesita reside en uno mismo, es una de las lecciones más importantes.

Feliz día.

No a conformarse, sí a merecer

Pensaba hoy en que una de las cosas en las que no cabe el conformismo es en el amor.

Y es que existe una tendencia a conformarse con relaciones que no responden a las expectativas o deseos, bien sea por desconocimiento del propio valor; o por el temor a no encontrar pareja; o por el miedo a la soledad; o por la creencia de que no exista lo que se quiere; o incluso por no abandonar aquello en lo que se ha invertido tiempo y dedicación.

Pero mantenerse en esta situación lleva o bien a la tristeza, el engaño y la frustración, o al enganche o dependencia, si se tiene miedo a no ser elegido por nadie más.

Por eso es importante tener presente lo que se merece, que no es más que lo que se desea, tanto en el amor, como en la construcción de una pareja.

Porque eso es lo que se proyecta, y aceptar menos es cerrarse a la posibilidad de recibir más.

Y es que toda persona merece ser amada por alguien que le recuerde diariamente su importancia, que la extrañe, que sepa perdonar en lugar de querer tener siempre la razón, que genere confianza, que no siembre inseguridad, que no imponga ni su egoísmo ni su orgullo, que haga evidentes sus sentimientos...

Pero con el amor no basta, y es igualmente importante, para poder construir una pareja, tener un proyecto común coincidente, fruto de la reformulación de los proyectos individuales.

Porque la sola existencia del amor, no legitima la anulación de un proyecto vital personal, no justifica la mutilación de un sueño, de la consecución del cual, sólo uno mismo es responsable.

Y porque la proyección de vida es necesaria para la existencia de una pareja, y esto implica una planificación, una priorización, la elaboración de cronogramas, la fijación de un rumbo consensuado.

No hay por tanto que desmerecer lo que se desea, sino que hay que recordar que la existencia es única, y que es responsabilidad individual la forma en que esta se desarrolle.

El temor, los intentos fallidos, los desengaños, no son más que obstáculos que permiten definir mejor el objetivo, que recuerdan que el motivo de la lucha es hacer realidad un sueño, y que preparan para su consecución.

Conformarse es renunciar a ese sueño. 

Recordar lo que se merece, lo que se desea, es por el contrario, apostar por un futuro feliz, apostar por uno mismo.

Feliz día.

Dar y recibir


Pensaba hoy en la importancia tanto de saber dar, como de saber recibir.

Dar supone un acto de generosidad, consistente en entregar al otro lo que este quiere o necesita.

Y la generosidad implica la falta de espera de una contraprestación.

De ahí que cuando se obra de determinada manera, o se ayuda, o se hace entrega de algo con alguna finalidad, no se está dando, sino pidiendo, negociando o vendiendo.

En definitiva, se está anidando una esperanza de ser recompensado o compensado por eso, se está intentando transformar esa dación, en una deuda con el receptor.

Lo que genera un vínculo negativo de doble filo. 

Por un lado, contiene la decepción ante la falta de reciprocidad, y el consiguiente cuestionamiento de la propia actitud. 

Y por el otro, dificulta el hecho de recibir, ya que se focaliza la atención en la necesidad de responder a lo recibido.

Y es que no solamente hay que aprender a dar, sino también a recibir.

Porque recibir, pone a prueba la capacidad personal de acogida del aprecio ajeno hacia uno mismo.

Por eso ante un elogio o un presente, no hay que sentir incomodidad, ni actuar de forma arisca, con excusas, reparos e incluso rechazo, poniendo de manifiesto la  incapacidad para considerarse merecedor de lo que es entregado.

Hay que aprender a recibir, aprender a evidenciar la necesidad de ayuda, y aprender a otorgarla, en cualquier caso, desde la humildad, el reconocimiento de la propia valía, y el agradecimiento hacia los demás.

Porque si bien es cierto, que dar produce tanta felicidad como recibir, lo primero tiene que hacerse con los ojos cerrados, y lo segundo, con los ojos y el corazón abiertos.

Feliz día.

Contador de visitas