El ejercicio de la tolerancia supone renunciar, por una parte a la humana tendencia a la manipulación para conseguir que se actúe en consonancia con las propias demandas, generando temor a la ruptura del vínculo; y por otra asumir la responsabilidad de afrontar dicho temor, adquiriendo conciencia de que cada una de las partes, es un elemento igualmente importante e insustituible en la relación.
Porque la tolerancia no implica sumisión, ni aceptación incondicional, ni resignación, ni rendición, sino comprensión, empatía, equidad, respeto e igualdad, ya que se da en ese espacio negociable entre las partes.
Dicho espacio, será más o menos amplio en función de la rigidez o flexibilidad que tengan la personas implicadas, y estará directamente relacionada con la importancia que se otorgue al mantenimiento del vínculo.
Por eso, actuar con tolerancia supone una predisposición a la concesión, al intercambio, y al encuentro, en base a la priorización de intereses comunes.
Y para su correcto ejercicio deben tenerse claros los propios límites.
Límites que no pueden ser obviados por temor a los juicios severos o devaluatorios, por el mantenimiento del buen clima de la relación, o por el miedo a su pérdida.
Límites que son sencillos de detectar con un pensamiento a largo plazo, en el que se proyecte la situación y se sienta si se desea perpetuarla o no.
Límites que vienen marcados por los propios valores, y que tienen que ser establecidos desde el principio, reforzándose siempre que sea necesario.
Límites que permiten el desarrollo de las personalidades, y un equilibrio necesario y opuesto a la imposición unilateral de exigencias que, con el paso del tiempo, conducirían a una relación co-dependiente o al fin de la misma.
Porque en el fondo ser tolerante y establecer límites, no es más que una forma de acordar un funcionamiento cómodo, que facilite una coexistencia feliz, y permita corregir los aspectos conflictivos.
Por eso tiene que realizarse desde la asertividad, positiva, directamente y con respeto a los derechos ajenos, mostrando a los demás como se desea ser tratado.
Y es que tanto practicar la tolerancia, como saber establecer los límites, es apostar claramente por el buen funcionamiento de cualquier relación.
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